miércoles, 2 de marzo de 2011

Sin Lazarillo

A los 32 años acepto que pocos saben curar
El envenenamiento que un pasado cruel
Nos siembra en el corazón.

Que si nos quedamos mucho tiempo estancados
Puede que nos adaptemos demasiado
A nuestro dolor.

Y entonces podremos confundir los nombres
De la vida, llamando a nuestra muerte
“Comodidad”.

Acepto que avanzar sin indagar en los porqués
También puede ser llamado
Retroceso.

A los 32 años acepto que bajo la doctrina inculcada
Hay algo placentero que podría llamarse
Pecado.

En él pueden leerse callejeros, cuyas rutas
Finalmente nos guiarán
Hasta lo auténtico.

Y que con los fines más carroñeros aquellos que más amamos
Pueden haber estado utilizándonos
Para su provecho.

A los 32 años he aprendido que el provecho de los amados
Ocasionalmente suele ser materia prima para nuestras más
Terribles poemarios.

Y que puedo vivir muchos años
Junto a alguien que no ama
Igual que amé.

Hoy me termino por dar cuenta que si entre dos hay uno
Cuyo amor no está a la altura, amará…
Sin convencimiento.

El amor no convencido puede vivir en muchas casas
Y nunca llegará a tener
Un hogar.

Ya que el amor no convencido siempre aguarda
A la equivocación más pequeña
Para comenzar a romper.

Puesto que el amor que no ama del todo
Envidia la felicidad
Del desposado.

Acepto que cuando estamos enamorados nuestro corazón
Es cómplice indirecto de las infidelidades
Sufridas.

Hoy por hoy acepto con un agrado no absoluto
Que es torpe acusarse de imbécil
Por ese engaño.

Ya que nuestro embelezo descarta la sospecha:
El amor es un ciego
Sin lazarillo.


Degüello, 12 de enero